martes, 21 de marzo de 2017

Fontanería filosófica. Agua y pensamiento.

FONTANERÍA  FILOSÓFICA[1]
Agua y pensamiento
Mary Midgley

¿Se parece la filosofía al oficio de reparar tuberías? Los he comparado en varias ocasiones con la pretensión de subrayar la idea de que filosofar no sólo es algo sublime, elegante y difícil, sino también necesario. No es una actividad opcional. La idea causó  cierta sorpresa, y a veces se le ha considerado un tanto indigna. La cuestión de la dignidad es muy interesante, y volveré sobre ella al final de este capítulo. Primero, no obstante, me gustaría abundar algo más en la comparación.
            La fontanería y la filosofía son actividades que surgen debido a que culturas complejas como las nuestras cuentan, bajo su superficie, con un sistema bastante intrincado que por regla general pasa inadvertido, pero que a veces no funciona adecuadamente. En ambos casos esto puede tener graves consecuencias. Cada sistema satisface necesidades vitales de quienes viven por encima de él. Resulta difícil arreglarlos cuando fallan, ya que ninguno de los dos se diseñó conscientemente para operar como un todo. Se han realizado numerosos intentos para reformarlos. No obstante, ambos presentan complicaciones que, por lo general, están demasiado extendidas como para permitir un comienzo radicalmente nuevo.
            Ninguno de los dos sistemas tuvo un único diseñador que conociera con exactitud las necesidades a las que tendría que hacer frente. Por el contrario, ambos han crecido imperceptiblemente a lo largo de los siglos del mismo modo en que lo hacen los organismos, y se ven sometidos a constantes y paulatinas alteraciones que responden a los cambios de demanda generados por la complejización de los modos de vida que se desarrollan por encima de ellos. Consiguientemente, ambos sistemas han acabado por volverse muy intrincados. Cuando aparece algún problema, se precisa de una técnica especializada, si es que se pretende tener alguna esperanza de localizarlo y corregirlo.
            Aquí, sin embargo, nos topamos con la primera diferencia acusada entre los dos casos. En lo tocante a la fontanería, todo mundo acepta la necesidad de especialistas cualificados. En materia de filosofía, son muchos ¾en especial los británicos¾ los que no sólo ponen en duda esta necesidad, sino que a menudo se muestran ecépticos sobre la propia existencia de un sistema subterráneo. Éste se oculta a mucha mayor profundidad. Cuando los conceptos con los que vivimos funcional mal, no suelen gotear ruidosamente desde el techo ni inundar el suelo de la cocina. Sólo distorcionan y obstruyen silenciosamente nuestro pendsamiento.
            A menudo no somos conscientes de este oscuro mal funcionamiento en la misma medida en que lo somos del malestar producido por un continuo mal olor o un resfriado que avanza lentamente. Claro que podemos quejarnos que la vida nos va mal, de que nuestras acciones y relaciones no marchan como queremos. Pero puede resultar muy difícil darse cuenta de por qué ocurre, o qué hacer al respecto. Nos es más fácil buscar el origen del problema fuera de nosotros mismos. Sabemos que es difícil hallar fallos en nuestra propìa motivación, en la estructura de nuestros sentimientos. Pero en cierto sentido es todavías más difícil ¾incluso menos natural¾ dirigir nuestra atención hacia lo que podría ser defectuoso en la estructura de nuestro pensamiento. Nuestra atención se dirige de manera natural hacia fuera, hacia los defectos del mundo que nos rodea. Darle vuelta al pensamiento para poder observarse a sí mismo críticamente es bastante difícil. Ésta es la razón por la que, en cualquier cultura, la filosofía ha tenido un desarrollo relativamente tardío.
            Sin embargo, cuando las cosas van mal hemos de enfrentarnos a ello. Debemos entonces reajustar de algún modo nuestros conceptos fundamentales; es preciso que cambiemos el conjunto de supuestos con los que hemos crecido. Tenemos que volver a plantear los supuestos dados, generalmente desordenados e implícitos, de manera que consigamos hallar el origen del problema. Y este nuevo planteamiento debe adoptar una forma útil, una forma que haga que la necesidad de cambio parezca posible.






[1] “Fontanería filosófica” en Midgley, Mary (1996) Delfines, sexo y utopías. Doce ensayos para
sacar la filosofía a la calle. México: Fondo de Cultura Económica. (pp. 13-14)

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