FONTANERÍA FILOSÓFICA[1]
Agua y pensamiento
Mary Midgley
¿Se parece la filosofía al
oficio de reparar tuberías? Los he comparado en varias ocasiones con la
pretensión de subrayar la idea de que filosofar no sólo es algo sublime,
elegante y difícil, sino también necesario. No es una actividad opcional. La
idea causó cierta sorpresa, y a veces se
le ha considerado un tanto indigna. La cuestión de la dignidad es muy
interesante, y volveré sobre ella al final de este capítulo. Primero, no
obstante, me gustaría abundar algo más en la comparación.
La fontanería y la filosofía son actividades que surgen
debido a que culturas complejas como las nuestras cuentan, bajo su superficie, con
un sistema bastante intrincado que por regla general pasa inadvertido, pero que
a veces no funciona adecuadamente. En ambos casos esto puede tener graves
consecuencias. Cada sistema satisface necesidades vitales de quienes viven por
encima de él. Resulta difícil arreglarlos cuando fallan, ya que ninguno de los
dos se diseñó conscientemente para operar como un todo. Se han realizado
numerosos intentos para reformarlos. No obstante, ambos presentan
complicaciones que, por lo general, están demasiado extendidas como para
permitir un comienzo radicalmente nuevo.
Ninguno de los dos sistemas tuvo un único diseñador que
conociera con exactitud las necesidades a las que tendría que hacer frente. Por
el contrario, ambos han crecido imperceptiblemente a lo largo de los siglos del
mismo modo en que lo hacen los organismos, y se ven sometidos a constantes y
paulatinas alteraciones que responden a los cambios de demanda generados por la
complejización de los modos de vida que se desarrollan por encima de ellos.
Consiguientemente, ambos sistemas han acabado por volverse muy intrincados.
Cuando aparece algún problema, se precisa de una técnica especializada, si es
que se pretende tener alguna esperanza de localizarlo y corregirlo.
Aquí, sin embargo, nos topamos con la primera diferencia
acusada entre los dos casos. En lo tocante a la fontanería, todo mundo acepta
la necesidad de especialistas cualificados. En materia de filosofía, son muchos
¾en especial los británicos¾ los que no sólo ponen en
duda esta necesidad, sino que a menudo se muestran ecépticos sobre la propia
existencia de un sistema subterráneo. Éste se oculta a mucha mayor profundidad.
Cuando los conceptos con los que vivimos funcional mal, no suelen gotear
ruidosamente desde el techo ni inundar el suelo de la cocina. Sólo distorcionan
y obstruyen silenciosamente nuestro pendsamiento.
A menudo no somos conscientes de este oscuro mal
funcionamiento en la misma medida en que lo somos del malestar producido por un
continuo mal olor o un resfriado que avanza lentamente. Claro que podemos
quejarnos que la vida nos va mal, de que nuestras acciones y relaciones no
marchan como queremos. Pero puede resultar muy difícil darse cuenta de por qué
ocurre, o qué hacer al respecto. Nos es más fácil buscar el origen del problema
fuera de nosotros mismos. Sabemos que es difícil hallar fallos en nuestra propìa
motivación, en la estructura de nuestros sentimientos. Pero en cierto sentido
es todavías más difícil ¾incluso menos natural¾ dirigir nuestra atención
hacia lo que podría ser defectuoso en la estructura de nuestro pensamiento.
Nuestra atención se dirige de manera natural hacia fuera, hacia los defectos
del mundo que nos rodea. Darle vuelta al pensamiento para poder observarse a sí
mismo críticamente es bastante difícil. Ésta es la razón por la que, en
cualquier cultura, la filosofía ha tenido un desarrollo relativamente tardío.
Sin embargo, cuando las cosas van mal hemos de
enfrentarnos a ello. Debemos entonces reajustar de algún modo nuestros
conceptos fundamentales; es preciso que cambiemos el conjunto de supuestos con
los que hemos crecido. Tenemos que volver a plantear los supuestos dados,
generalmente desordenados e implícitos, de manera que consigamos hallar el
origen del problema. Y este nuevo planteamiento debe adoptar una forma útil,
una forma que haga que la necesidad de cambio parezca posible.
[1]
“Fontanería filosófica” en Midgley, Mary (1996) Delfines, sexo y utopías. Doce ensayos para
sacar la
filosofía a la calle. México: Fondo de Cultura Económica. (pp. 13-14)
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